Recién llego a mi casa. Estaba en cine, con mis padres y hermano.
Decidimos, entre todos, disfrutar de “García”, una producción colombiana que, desde hace un par de quincenas, hace parte de la programación constante de cine, en el país.
Llegamos media hora antes de la fijada para el inicio de la proyección, compramos nuestras boletas, crispetas y gaseosa. Una rutina en la que, creo, no hay que detenerse.
Como éramos cuatro, y la plata no es que precisamente abunde, decidimos ir a cinemas Terminal del Sur. Un teatro al cuál habíamos asistido anteriormente y que nos había ofrecido la comodidad necesaria para disfrutar del séptimo arte.
Llegada la hora para el inicio de la película, ingresamos a la sala número 3. Guiados por un sujeto, llegamos a la fila E y nos ubicamos en los puestos adquiridos.
Cuando me senté, comenzó mi tortura. El cómodo espaldar se interrumpía en su parte posterior, por una barra horizontal del más duro metal.
Mientras intentaba acomodarme, se proyectaba un detestable cortometraje documental de bajísima calidad, que hablaba de la vida de Simón Bolívar y su amante. Este film, contenía todos los errores posibles en continuidad, manejo del movimiento interno y externo al cuadro, ángulos, etc.
Superada esta etapa, la pésima calidad de la proyección, cambió –afortunadamente- por una proyección de cine, en formato 16:9, que prometía mejorar, la que hasta ese momento era, mi percepción de dicho teatro.
Comenzó la película, y noté que la imagen estaba un poco torcida. A pesar de ello, me dispuse a disfrutar del cine colombiano.
Pocos minutos después de comenzar la función, las personas incumplidas -que caracterizan nuestro país-, irrumpieron la tranquilidad de la sala 3, para ingresar y acomodarse en sus respectivos asientos. Esto sucedió unas dos o tres veces.
La película transcurrió con absoluta normalidad, exceptuando la incomodidad de la barra horizontal que les comenté anteriormente.
Buena utilización de planos, encuadres, y otros elementos en general. El manejo del color no puedo juzgarlo, pues –desafortunadamente- el proyector cinematográfico no estaba correctamente calibrado y los negros tendían a grises.
La película terminó. Salimos de la sala.
Mientras, en el ascensor, descendíamos al parqueadero, analicé y proyecté este escrito y lo que sencillamente quiero expresar es lo fácil que una persona, cosa o lugar, puede cambiar el concepto con el que otro individuo lo ha calificado.
¡Felices días!



